Estos días pasados he estado leyendo un libro, “Lana, vapor, algodón y negocio” (*) del historiador mallorquín Joan Roca i Avellà (1966) el cual me ha tenido completamente enfrascado. Este trabajo aborda el estudio de uno de los consorcios industriales más importantes de la Mallorca del siglo XIX a partir de principalmente, los archivos que ha conservado la propia empresa, ya desaparecida. Fundada durante la década de 1830 por un emprendedor venido del ámbito rural, a partir de un antiguo obrador que heredó por vía matrimonial, se convirtió durante la segunda mitad del ochocientos en un auténtico referente del sector textil isleño. El texto analiza, desde el borde microeconómico y a partir de documentación inédita, como la estrategia empresarial de Vicenç Juan Rosselló “Ribas” y sus hijos, permitió transformar un relativamente pequeño negocio familiar en una de las industrias más importantes del sector secundario en Mallorca, en unos años en que el sector textil conoce, en Palma y otras localidades de la isla -como Sóller o Esporles-, un significativo proceso de concentración, modernización y crecimiento.
 

En realidad, es muy poco lo que sabemos sobre el origen de esta importante empresa -como apunta el autor- así como también de las circunstancias que rodearon las primeras dos décadas de su existencia. Sin embargo, representa un ejemplo muy interesante para entender la transición del sistema gremial en liquidación hacia la manufactura impulsada por la iniciativa privada -si se permite la expresión-, con clara vocación capitalista e industrial. A partir de un taller dirigido por un maestro tejedor y tintorero llamado Gabriel Ribas, el joven Vicente Juan Rosselló -casado con la hija y heredera de aquel- reorganizará la producción de tejidos de forma decidida, aunque la desaparición de toda la documentación relativa a este período clave no nos permite más que esbozar la trayectoria de la firma antes de la década de 1850. A partir de estos momentos, Vicente Juan  buscará adecuar y ampliar el viejo obrador menestral, situado en el corazón de “Sa Gerreria” un barrio con un entramado urbanístico medieval, en la parte antigua de Palma. Así, se documenta la adquisición de varios inmuebles anexos al taller original, así como una completa remodelación del edificio. Todo ello permitió la incorporación de los elementos de refuerzo estructural necesarios para la actividad industrial a que debía ser destinado el primer centro fabril con que contó la firma, dado que las posibilidades de crecimiento horizontal del edificio eran prácticamente nulas.

 

Año 1930. Fotografía familiar de los responsables de la compañia.
La estrategia empresarial de Vicenç Juan contempló también una fortísima inversión destinada a adquirir diferentes utensilios y máquinas en el propio mercado local, para ampliar la producción inicial. Sin embargo, entre 1862 y 1872 establecerá cinco centros productivos más, de medianas dimensiones -entre 20 y 50 telares cada uno- todos ellos dedicados también a la fabricación de tejidos de algodón y radicados en las cercanías de la capital. La expansión del consorcio llegará a su punto álgido con el establecimiento, en 1873, de una  factoría de nueva planta, de grandes dimensiones, establecida en las cercanías de Palma -en la zona de La Soledad- y, en este caso, dedicada a la fabricación mecanizada y a gran escala de mantas de lana. Esta decisión tuvo mucho que ver con el gran consumo de que eran objeto los principales productores mallorquines de mantas por parte de los comerciantes y tenderos barceloneses y valencianos, principalmente a partir de los primeros años de la década de 1870 y que supuso un claro despegue del sector de mantas isleño -establecido en Palma y en la localidad de Esporles-. Esta nueva factoría disponía de dos máquinas de vapor de gran potencia -fabricadas en los talleres Nuevo Vulcano, de Barcelona-, ocupaba más de 5.000 m2 edificados y fue equipada con maquinaria de procedencia belga y catalana, por valor de cerca de 400.000 reales de vellón.
 
Año 1891. Fotografía de parte de los trabajadores de la fábrica de la Ferrería.
A finales de la década de 1870, Vicente Juan Rosselló -muerto en mayo de 1882-, se había convertido en el fabricante textil más importante de Mallorca. Propietario de siete fábricas -tres de ellas mecanizadas- ocupaba directamente más de 700 trabajadores y producía anualmente cerca de 40.000 mantas de lana y más de 200.000 metros de tejidos de algodón, con una facturación media anual cercana a los cinco millones de reales de vellón . Sus producciones eran vendidas en todos los mercados peninsulares, así como también en Mallorca, y empezaban a ser introducidas en los principales mercados americanos y europeos donde a partir de los últimos años del ochocientos tendrían gran aceptación. Su estrategia empresarial se fundamentaba en la asunción de unos bajos costes salariales y, principalmente, en una agresiva  política comercial -una presencia constante en los principales mercados consumidores a través de agentes propios-, así como también en un control exhaustivo en los mercados proveedores de materias primas, principalmente la lana. En este sentido, la empresa llegó a contar durante la década de 1880 con una casa comercial propia en la ciudad marroquí de Casablanca con el único objeto de adquirir importantes partidas de lana africana sin la intermediación de los agentes comerciales franceses e italianos, auténticos monopolizadores de este importante negocio -uno de los circuitos comerciales más dinámicos del Mediterráneo occidental durante el último tercio del siglo XIX-. El autor decide comenzar su estudio a partir del momento en que la documentación conservada en los archivos de “Can Ribas” presenta un volumen y una continuidad que permiten formular un discurso coherente y fundamentado. Sin embargo ha optado por limitar su trabajo al análisis de poco menos de veinte años de la historia de la empresa, cuando en realidad está prolongó su actividad industrial hasta la década de 1960 (desde la muerte de Vicente Juan volvió bajo el nombre social de, Herederos de Vicente Juan), coincidiendo con el inicio del boom turístico y la quiebra generalizada del sector industrial mallorquín. El marco cronológico elegido por el autor se justifica por tres razones, tal como explicita en la introducción de su trabajo: en primer lugar, por razón de las propias características internas del material archivado que ha utilizado para elaborar el trabajo.
 
Año 1911. Imagen de las tejedoras de la fábrica de la Ferrería en Palma.
Así, a partir de los últimos años de la década de 1880, la riquísima serie de copiladores de correspondencia que ha conservado la empresa se convierte prácticamente en  una serie de libros registrales de facturas. Por el contrario, los 90 primeros tomos -y más de 50.000 páginas de correspondencia mantenida con clientes, proveedores y representantes-, abarcan veinte años de variada y sugerente información de tipo microeconómico y de gran valor cualitativo sobre las actividades y la evolución del consorcio. En segundo lugar, el marco cronológico elegido coincide prácticamente con la trayectoria empresarial del fundador Vicente Juan -como  he dicho antes, fallecido en 1882-, lo que supone el primer cambio generacional de la firma aunque, de hecho, la dirección efectiva de “Can Ribas” ya estaba en manos de sus hijos mayores desde finales de la década de 1870. En tercer lugar, pero no por ello menos importante, el autor constata -y está en la línea de la mayor parte de los estudios que analizan este periodo clave de la historia económica de Mallorca- como la década de 1880 supuso un antes y un después de la práctica empresarial e industrial en la isla. En efecto, es sabido que durante estos años se produce en Mallorca una verdadera fiebre fundacional de empresas societarias, singularmente bancarias y de crédito, pero también comerciales e industriales. La consolidación de una generación de nuevos capitalistas, con recursos a menudo provenientes de la emigración a América o Francia, permitirá que a partir de ese momento se haga extensiva una nueva manera de entender la actividad empresarial e industrial, más dinámica y eficiente, basada en un perfil de gestión diferente  que representa la generación de Vicente Juan y con la que sí se identificarán sus hijos, responsables después de la dirección de Herederos de Vicente Juan hasta el segundo cambio generacional que conoció la empresa y que se producirá ya durante la década de 1920.
 
1898. Marca de consignación de empresa para los transportes.

A lo largo de las páginas del libro, el autor destaca de forma documentada como el consorcio fundado por Vicente Juan basó su indiscutible éxito empresarial en una política fundamentada en unos ejes muy definidos: en todo momento, los responsables de la firma comprendieron que la minimización de los costes (especialmente los salarios, dadas las características específicas del mercado laboral isleño), además de una optimización organizativa de los propios recursos humanos y, sobre todo, la disponibilidad de información precisa y de primera mano sobre los mercados proveedores y de consumo, se convertía en la fórmula más segura hacia la competitividad. Y ello sin rehuir nunca la modernización de los procesos productivos cuando ello era necesario y posible. Sin embargo, uno de los rasgos característicos de la trayectoria de la empresa de Juan  (y del sector textil mallorquín, en su conjunto)  fue un sutil equilibrio entre la  tradición y la modernidad: la mecanización de sus factorías llegó tarde  -el año 1872, por primera vez-  pero no dudaron a la hora de dotar de la última tecnología a sus fábricas cuando el mercado lo requirió. Sin embargo, el ejemplo de “Can Ribas” se convierte paradigmático del proceso industrializador mallorquín de la segunda mitad del siglo XIX: la gran fábrica aparece sin quitar espacio propio a los pequeños obradores manufactureros, y se constata como ambos modelos pueden coexistir dentro del organigrama de la empresa analizada hasta su cierre en la década de 1960.

Año 1870. Imagen idealizada y publicitaria de sus siete fabricas textiles.

La ausencia prácticamente absoluta de materiales de tipo microeconómico hace, del presente estudio, un caso singular dentro del panorama historiográfico mallorquín. Ciertamente, la desaparición de archivos particulares que permitan un análisis de carácter cualitativo de la trayectoria de las empresas que protagonizaron el proceso industrializador en nuestro país es, sin duda, un obstáculo muy importante para los historiadores en este ámbito. La perspectiva macroeconómica necesita un complemento microeconómico para poder obtener una imagen contrastada de la realidad, en tanto que matiza y enriquece las frías -pero imprescindibles- series cuantitativas. Tal como apunta el autor, la pérdida de fondos privados industriales ha resultado especialmente sangrante en el caso de Mallorca, y eso debe encuadrarse en el penoso contexto de pérdida gradual e irreversible del patrimonio industrial que se ha sufrido, tanto mueble como inmueble, en nuestra isla. Sin embargo no resulta nada sencillo de explicar este fenómeno: el olvido que se ha proyectado sobre el pasado industrial mallorquín contrasta radicalmente con la trascendencia económica y social que tuvo la isla en el sector secundario  -textil, calzado, metalúrgico o agroalimentario-  durante el período comprendido entre 1850 y 1950, tal como se han encargado de demostrar las investigaciones más recientes. El archivo privado de “Can Ribas” se convierte en una excepción singular, y apunta una línea de investigación en la que habrá que profundizar, en un futuro.

Principios siglo XX. Almacén en la c/. de San Miguel, cliente de los Ribas

Por otra parte, la aproximación de carácter microeconómico favorece otra vertiente importante del estudio de los procesos de industrialización en nuestro país: constata la aparición en Mallorca  -como en otros lugares de su entorno-  de una burguesía industrial dinámica y eficiente, formada por individuos emprendedores que fueron capaces de demostrar una significativa proyección social. Una burguesía que demostró una admirable capacidad de iniciativa empresarial que la llevó -ya durante el último tercio del siglo XIX- a niveles de máxima competitividad a partir de una fórmula que combinaba a partes iguales, tradición y modernidad. La experiencia de burgueses industriales y comerciales como estos  -los Juan, pero también los Vidal, los Barceló, los Salas, los Magraner y tantos otros en Mallorca-  sugiere, indudablemente, la existencia de transformaciones muy importantes que afectaron los procesos productivos, tanto en la fábrica como en el taller, así como cambios cualitativos en la forma de organizar el trabajo y la empresa. Análisis que permitan un seguimiento del día a día de cómo eran gestionadas estas empresas facilitarán, necesariamente, una perspectiva que es imprescindible para poder entender los parámetros que caracterizaron el proceso de modernización de la economía mallorquina durante este periodo clave de nuestra historia. Proceso de modernización que tuvo en la industrialización uno de sus fundamentos y que explica con detalle  la economía isleña a raíz del boom turístico de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. En definitiva, una lectura muy recomendable si se quiere profundizar en la historia industrial mallorquina.
(Nota: Todas las fotografías e imágenes son del libro y propiedad del autor)

Bibliografía:
Joan Roca Avellà: Llana, vapors, cotó i negoci. Una aproximació a la indústria tèxtil de la Mallorca del vuit-cents. El cas de Can Ribas (1850-1885) 204 pp. Edicions Documenta Balear, Palma. (2006)
(*) Edición solo en catalán.

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